“La educación está en la casa y la instrucción está en la escuela”, sentencia el argentino Raúl Lemesoff, que considera vital que la lectura sea un elemento más de la vida cotidiana. El Arma de Instrucción Masiva (ADIM) es una escultura rodante atestada de libros, en forma de tanqueta de guerra, que el artista lleva a los barrios más pobres de Argentina.

Lemesoff reparte gratis los títulos que se apilan en las estanterías hechas a mano, anima a cualquiera que pase a su lado a que se haga con un ejemplar, incluso es capaz de correr junto a un autobús que acaba de iniciar la marcha para colar un libro por una ventanilla.

Hastiado de la programación basura de las televisiones y del desinterés por la lectura, consciente de que quería contribuir a iniciar un cambio por pequeño que fuera y “estimular la creatividad que los libros generan en quien los lee”, decidió hace tres años comprar un coche viejo.

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Escogió un Ford Falcon de 1979, un coche que simboliza uno de los momentos históricos más trágicos de la historia de Argentina. Durante la dictadura militar, Ford fue uno de los aliados en las torturas y desapariciones del Terrorismo de Estado: los Falcon se convirtieron en el coche habitual para secuestrar a cualquier ciudadano que se antojara como peligroso.

Transformó el siniestro vehículo —que ciertamente había pertenecido a los militares— en un pequeño tanque con compartimentos para los tomos. El resto del coche lo forró con lomos de libros que ya habían sido semidestruídos y vendidos como papel al peso. El nombre, de la creación es otro homenaje oscuro, esta vez a las Armas de Destrucción Masiva que el entonces presidente de EE UU George Bush juraba y perjuraba que Sadam Hussein escondía en Iraq y que sirvieron de elemento propagandístico para el inicio de la guerra de Iraq en el año 2003.

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Ahora conduce su obra de arte rodante con la soltura de un repartidor y su actividad idealista lo eleva a personaje. El ADIM no recibe dinero de ningún organismo oficial, se surte de donaciones de libros y de escasas aportaciones económicas para el combustible. Lemesoff consigue de vez en cuando vender alguna de sus esculturas: “Por ahí tengo un montón de plata y por ahí me paso los días sin comer, pero lo que yo hago es muy gratificante y entonces lo sigo haciendo. Es increíble que haya transcurrido tanto tiempo haciendo esto y que planee seguir haciéndolo, a mí me asombra”.

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Aunque el artista reconoce que, por falta de gasolina, no llega a todos los lugares que quisiera (su sueño es recorrer el sur del continente americano), se queja más de que los libros no lleguen a él con facilidad, que tenga que visitar los barrios más ricos de las grandes ciudades para recibir un puñado de cuentos infantiles que luego vuelan entre los niños del campo o de las Villa Miserias: “Tiene que haber un cambio en la humanidad. Adaptar tu vehículo para regalar libros es un cambio y no colaborar con una donación, es falta de conciencia”.

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