Llovía, una tarde de 1957, Ernest Hemingway, que tenía ya 59 años y según un testigo “parecía tan vivo entre el torrente juvenil de la Sorbona que era imposible imaginarse que le faltaban apenas cuatro años para morir”, paseaba con su esposa por el Boulevard Saint Michel de París.

De pronto, un joven periodista colombiano que camina por la vereda de enfrente reconoce a Hemingway que había ganado el Nobel tres años atrás. El muchacho se pone las manos alrededor de la boca y grita de una acera a la otra: “Maeeeestro”. Hemingway voltea la cabeza entre la muchedumbre de jóvenes universitarios y con la mano en alto grita en su masticado castellano: “Adioooós, amigo”. Los dos hombres nunca volverían a verse.

La anécdota no tendría más historia, si el destino no hubiese decidido lo contrario. Porque aquel joven periodista era Gabriel García Márquez, el mismo que veinticinco años después obtendría también el Nobel de Literatura. Sorprende que la casualidad uniese a los dos míticos escritores con un grito bajo la lluvia de París.

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