El decadentismo es un movimiento literario y artístico surgido a finales del siglo XIX; se distingue por embellecer lo perverso, lo absurdo y lo grotesco. Es importante entender el término “decadencia” como el fin de un ciclo y no en sentido de obscenidad.

En la poesía se recrean paraísos artificiales en los que se entremezclan la inocencia y el pecado, mundos absurdos que reflejan lo que cada autor vive o desea vivir. Sus representantes son conocidos como los “Poetas malditos” por sus complicadas vidas y sus inquietantes versos escritos desde la experiencia particular de cada autor, pero que reflexionan sobre temas universales.

Los poetas malditos más reconocidos son Baudelaire, Mallarmé, Verlaine y Rimbaud quienes se pueden señalar como los iniciadores de la poesía moderna pues se dejan llevar por la sonoridad y no tanto por el significado de las palabras, siendo entonces una poesía lírica. Además, se distinguen por el uso de metáforas que superan en complejidad a las analogías y símiles tradicionales. El poema en sí se vuelve un enigma, pues el lenguaje es completamente interiorizado y apela a la emotividad, no a la razón. En otras palabras, sus versos no se comprenden, se sienten. Brindan al lector la libertad de interpretarlos a su manera abriendo múltiples sentidos.

Charles-Pierre Baudelaire (1821-1867)

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El autor de Las Flores del Mal fue desde pequeño desafortunado en lo familiar, lo estudiantil e, incluso, lo amoroso. Desarrolló una personalidad fatalista y desesperanzada, y el único alivio para sus atormentadas emociones era la poesía, aunque también consumía hachís y opio. Sus poemas ahondan en el tedio de vivir (spleen) y están situados en los conceptos del vacío y la nada, en el dualismo del bien y el mal. En muchas de sus obras se enfatiza el rechazo a la mujer y su cuerpo.

El amor y el cráneo

El amor está sentado en el cráneo
de la Humanidad,
y desde este trono, el profano
de risa desvergonzada,
sopla alegremente redondas pompas
que suben en el aire,
como para alcanzar los mundos
en el corazón del éter.

El globo luminoso y frágil
toma un gran impulso,
estalla y exhala su alma delicada,
como un sueño de oro.

Y oigo el cráneo a cada burbuja
rogar y gemir:
-Este juego feroz y ridículo,
¿cuándo acabará?

Pues lo que tu boca cruel
esparce en el aire,
monstruo asesino, es mi cerebro,
¡mi sangre y mi carne!

Etienne Mallarmé (1842-1898)

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Este poeta, también conocido como Stephane Mallarmé, se aburría rápido de todo lo que emprendía y no era precisamente un bohemio como los otros poetas. Pasó por una profunda depresión que incluso lo hizo pensar en el suicidio, lo que se percibe en sus poemas pues habla de infiernos, descensos y la nada. El lenguaje de sus poemas lleva un ritmo preciso que recrea una atmósfera de misterio ligado a su sentir sobre la existencia humana.

Angustia

Hoy no vengo a vencer tu cuerpo, oh bestia llena
de todos los pecados de un pueblo que te ama,
ni a alzar tormentas tristes en tu impura melena
bajo el tedio incurable que mi labio derrama.

Pido a tu lecho el sueño sin sueños ni tormentos
con que duermes después de tu engaño, extenuada,
tras el telón ignoto de los remordimientos,
tú que, más que los muertos, sabes lo que es la nada.

Porque el Vicio, royendo mi majestad innata,
con su esterilidad como a ti me ha marcado;
pero mientras tu seno sin compasión recata

un corazón que nada turba, yo huyo, deshecho,
pálido, por el lúgubre sudario obsesionado,
¡con terror de morir cuando voy solo al lecho!

Paul Verlaine (1844-1896)

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A finales del siglo XIX fue proclamado el “príncipe de los poetas”, pero su vida personal dista de ser parecida a la de la nobleza pues pasó varias veces por la cárcel después de tener episodios de ira en contra de sus seres queridos. Sus obras reflejan un sentimiento de profundo desgano y desánimo por la vida. No obstante, formalmente sus poemas están llenos de musicalidad, embelleciendo dichos sentimientos.

A una Mujer

A usted, estos versos, por la consoladora gracia
De sus ojos grandes donde se ríe y llora un dulce sueño;
A su alma pura y buena, a usted
Estos versos desde el fondo de mi violenta miseria.

Y es que, ¡ay! la horrible pesadilla que me visita
No me da tregua y, va, furiosa, loca, celosa,
Multiplicándose como un cortejo de lobos
Y se cuelga tras mi sino, que ensangrienta.

Oh, sufro, sufro espantosamente, de tal modo
Que el primer gemido del hombre
Arrojado del Edén es una égloga al lado del mío.

Y las penas que usted pueda tener son como
Las golondrinas que un cielo al mediodía,
Querida, en un bello día de septiembre tibio.

Jean Arthur Rimbaud (1854-1892)

Arthur Rimbaud

Escribió casi todos sus poemas entre los 15 y 20 años para luego dedicarse a viajar por el mundo. Siempre se distinguió por ser rebelde y en su obra refleja su rechazo por la sociedad burguesa. La poesía y las drogas eran su válvula de escape pero, al contrario de los otros autores, Rimbaud no era un fatalista y no detestaba la vida. Esto se percibe en sus poemas que están llenos de imaginería colorida y luminosa. Además, no se refugia en mundos pasados sino en el futuro; a fin de cuentas él también impregna sus letras de un sentimiento de permanente ausencia. Muchos de sus poemas se perdieron pues solía escribirlos en las palmas de las manos de la gente. Los pocos que quedaron en papel fueron resucitados por los surrealistas.

Acaso no imaginas…

¿Acaso no imaginas por qué de amor me muero?
La flor me dice: ¡Hola!; ¡Buenos días!, el ave.
Llegó la primavera, la dulzura del ángel.
¡No adivinas acaso por qué de embriaguez hiervo!
Dulce ángel de mi cuna, ángel de mi abuelita,
¿No adivinas acaso que me transformo en ave
que mi lira palpita y que mis alas baten
como una golondrina?

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