Dos nombres sobresalen de inmediato entre la multitud de narradores  que han cultivado el género del horror en la literatura: Edgar Allan Poe y Howard Phillipps Lovecraft. Casi un siglo separa a estos dos escritores norteamericanos  y, sin embargo, se considera al creador de “Los Mitos de Ctuhulu”, el alumno más aventajado del autor de “El Cuervo”. No obstante, resulta fácil darse cuenta que, aunque Lovecraft indiscutiblemente se nutrió de la obra de Poe para crear sus universos de pesadilla, con el tiempo fue labrando un camino propio, muy diferente al de aquel a quien él mismo nombraba su maestro.

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Edgar Allan Poe (Boston, 1809 – Baltimore, 1849) es heredero de la novela gótica y de E.T.A. Hoffman, pues de ellos tomó elementos tales como: entierros prematuros, retratos y tapicerías animadas, las heroínas delicadas y enfermas, las mansiones y castillos perturbadores, los decorados que reflejan estados de ánimo, así como la manera tan torturada en que hablan los protagonistas de sus relatos. Sin embargo, su gran innovación consistió en mostrarnos que lo verdaderamente siniestro no se encuentra en los fantasmas, vampiros, brujas y demás seres sobrenaturales, sino en los demonios que habitan nuestra mente.

Los protagonistas de sus cuentos casi siempre padecen algún tipo de desorden mental que acaba derrotando su voluntad y los empuja a cometer acciones monstruosas que invariablemente les conllevan culpa y castigo.

Para Poe, al contrario que sus antecesores: Horace Walpole (El Castillo de Otranto), Anne Radcliffe (Los Misterios de Udolfo), Charles Maturin (Melmoth el Errabundo) etc…, lo perverso, lo maligno no está afuera sino adentro  y esto es lo que hace a la obra del poeta de Boston pionera en un nuevo tipo de literatura macabra: el horror psicológico. Al respecto, dice Lovecraft en su libro El Horror Sobrenatural en la Literatura: “Poe estudiaba la mente humana más que las costumbres de la ficción gótica, y trabajaba con un conocimiento  analítico de las verdaderas fuentes de terror, lo que duplica la fuerza de sus narraciones  y las libran  de todo lo absurdo inherente a las obras puramente convencionales del género”. El mal es un principio, casi podría decirse que es un ente que habita en nuestro interior y nos impulsa a hacer cosas contrarias a nuestra razón.

Los protagonistas de los cuentos de Poe no son héroes, sino seres atormentados por culpas y temores que los llevan a realizar acciones que les acarrean un castigo ejemplar, el más frecuente: LA MUERTE.

Así, el narrador de “El Gato Negro”, a causa de su afición desmedida a la bebida, se convierte en un monstruo que no sólo acaba matando a su mascota de una manera muy cruel, sino que su locura lo lleva a decapitar a su esposa.

El Príncipe Próspero, protagonista de “La Máscara de la Muerte Roja”, es un individuo egoísta, tanto que le importa más su propia felicidad y la de sus allegados que la de su pueblo, que muere por millares a causa de la devastadora enfermedad que da título al cuento y que acabará encontrándolo también.

En “Berenice”, Egeus, obsesionado con los dientes de su amada, sucumbe al deseo de extirpárselos.

El protagonista de “El Corazón Delator” decide asesinar a un anciano sólo por la invencible repugnancia que le provoca el ojo velado de éste.

Roderick Usher, convencido de la fatalidad que dicta el destino de su estirpe, no se resuelve a ayudar a su hermana, aun sabiendo que ha sido enterrada viva y escuchando los golpes que da desde el interior de su ataúd.

Otra gran innovación de Poe consistió en alejarse de todo didactismo y toda moralidad en sus relatos, evitando los finales felices y las recompensas a los comportamientos virtuosos.

Este alejamiento, esta “imparcialidad”, es justamente lo que permite que Poe trascienda de ser un mero autor de cuentos macabros y pueda convertirse en el creador del relato moderno. A este respecto, afirmó Cortázar: “Yo desperté a la literatura moderna cuando leí los cuentos de Poe, que me hicieron mucho bien y mucho mal al mismo tiempo. Los leí a los nueve años y por Poe viví en el espanto, sujeto a terrores nocturnos hasta muy tarde, en la adolescencia. Pero Poe me enseñó lo que es la gran literatura y lo que es el cuento”.

29-11-11

A pesar de que la obra de H. P. Lovecraft (Providence, 1890 -1937) no pueda entenderse sin Poe, el horror que nutre sus relatos es fundamentalmente distinto. Para él, lo ominoso se encuentra bajo la forma de antiguas deidades siderales que ejercen una influencia malsana sobre los habitantes de la Tierra.

En la mitología lovecraftiana, estas criaturas dominaron nuestro planeta antes que los hombres y, pese a yacer dormidos en las profundidades del mar (La llamada de Ctuhulu)  o bajo el hielo de la Antártida (En las Montañas de la Locura), desean recobrar el reinado del mundo a toda costa, valiéndose para ello de individuos de mente débil a los que fácilmente puedan dominar.

El horror psicológico de Poe, con fuertes raíces góticas, es trastocado por un pavor astral, muy cercano a la ciencia ficción. Lovecraft puede considerarse el iniciador del horror cósmico, pues quitó protagonismo a los monstruos tradicionales para dárselo a criaturas llegadas de más allá de las estrellas. Con ello dio inicio a una nueva corriente de la literatura fantástica centrada en la existencia de vida extraterrestre y en los peligros que ésta representa para la humanidad.

Lovecraft consideraba a Poe un experto conocedor de “los verdaderos mecanismos y la fisiología del miedo”,  Sin embargo, aunque desciendan, literariamente, claro está, uno del otro, hay muchos eslabones intermedios entre los dos.

Resulta imposible negar el influjo que también recibió Lovecraft de autores más cercanos a su tiempo, como lo son: Ambrose Bierce, sus cadáveres rencorosos y ciudades de pesadilla;  Arthur Machen, sus referencias a terribles deidades ultraterrenas;  Algernon Blackwood, cuyo extravagante relato, “Los Sauces”, es, con su cósmica malignidad intangible, un claro antecedente de los universos demoniacos en que habitan Ctuhulu, Dagón y demás deidades arcaicas; pero más que ningún otro, es palpable la influencia de quién Lovecraft  mismo llamaba “el talismán y  la llave que abre los ricos almacenes del ensueño”, Edward Moreton Drax Plunkett, mejor conocido como Lord Dunsany, cuyas descripciones de urbes ciclópeas y ritos demoniacos nutrieron profusamente la inquieta imaginación del autor de Providence.

Sin embargo, a pesar de ser conocidas las fuentes en las que abrevó Lovecraft, es innegable que él dio un paso más allá y le dio forma a todos los demonios, espectros, endriagos y demás criaturas que poblaban su atribulado cerebro, y creo toda una mitología propia, sumamente original, alejada de las existentes.

En esto tal vez consista la mayor aportación de Lovecraft a la literatura siniestra, en haber declinado utilizar formas y recursos ya existentes, para crear los propios. Así, el padre de Cthulu abrió a nuestros ojos una nueva dimensión de horrores nunca antes descritos. Con nombres, orígenes y lugares, que pese a ser totalmente imaginarios, nos dan una sensación atroz de realidad.

El horror de los textos de H.P. Lovecraft es tan perdurable que no sólo influyó de manera evidente la mayor parte de la literatura macabra y de ficción científica que le prosiguió, sino que, como afirma Mauro Cancini: “a despecho de haber vivido recluido en sus fantasías personales y asido a los atavismos que amaba, logró generar un séquito que no sólo lo admiraba sino que continuó, por así decirlo, su obra”.

Entre estos discípulos, existen nombres tan destacados como August Derleth, Clark Ashton Smith y RobertBloch (autor de “Psicósis”).

Además de la espeluznante temática de sus obras, hay otros lazos que hermanan a Edgar Allan Poe y H.P.Lovecraft. Ambos fueron personajes solitarios, marginados y malentendidos, quienes vivieron ajenos y distantes del mundo que los rodeaba. Poe, con su comportamiento excéntrico y sus vicios (el alcohol y el opio), fuerechazado por la sociedad puritana de Nueva Inglaterra, mientras que Lovecraft nunca pudo asimilarse a la realidad mecanizada y en constante cambio de inicios del siglo XX. Así, resultan prófugos de su situación geográfica, política y social. Edgar dirigió su mirada al pasado, hacia la magnificencia de la Europa ancestral, hacia sus castillos, sus espectros y su nobleza decadente; Howard, en cambio, proyectó su imaginación hacia los confines más remotos del planeta  y del universo, poblándolos de entidades pavorosas y ciudades de pesadilla.

Poe y Lovecraft, dos autores siempre inquietantes, a los que no se puede dejar de leer, pues sus narraciones y poemas son espejos que reflejan los más recónditos abismos de la mente y los demonios que la habitan.

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