“Mágico y misterioso”, así es como definen Julio Cortázar quienes tuvieron la fortuna de conocerlo; coinciden en que era como un alquimista de las letras, un hechicero que encantaba a las personas con sus palabras arrastradas por un acento afrancesado, pero no había tiempo de concentrarse en su boca, porque cada segundo de su discurso era un bombardeo de ideas, de apologías, de metáforas y aforismos. Era una enciclopedia cargada de conceptos de jazz amor y amistad.

De una sencilla pregunta, la cual se podía contestar con una fecha y un nombre, Julio respondía con una cátedra ineludible que llegaba a durar horas. El único problema de esta sesión reveladora era el dolor de cuello que provocaba mirar hacia arriba durante tanto tiempo, porque su 1.93 m de altura obligaba al escucha a voltear al cielo. Quizá por eso cada vez que observamos las estrellas, él esta ahí.

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Cortázar nació el 26 de agosto de 1914. Sus primeros pasos en el mundo de la literatura fueron apoyados por Jorge Luis Borges, quien en ese entonces pertenecía al consejo editorial de la revista Sur, una de las publicaciones más importantes de toda Latinoamérica en cuestión literario. En este magazine participaron figuras como Alfonso Reyes, José Ortega y Gasset, Federico García Lorca, Pablo Neruda, Octavio Paz, entre otros.

A comparación de estos enormísimos personajes, Julio era muy joven para ser tomado con seriedad. No importó, él nunca sintió una necesidad de pertenecer a este grupo de élite, un tanto snob. Con Borges tuvo una relación un poco más estrecha, aunque las cuestiones políticas terminaron por alejarnos de manera abismal. Fue entonces cuando Cortázar se separó de todos los grupos y partió a Francia a buscar un hogar, porque Argentina nunca lo fue.

Así pasaron los años, Julio se enclaustró en su mundo parisiense de lluvia, cafés y Miró. Mientras tanto, la dictadura literaria de Borges se estaba debilitando y nuevos autores latinoamericanos estaban reivindicando el papel de las letras. De pronto, el boom latinoamericano inició y autores como Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa se colocaban por encima de sus antepasados líricos.

Lo cierto es que Julio nunca perteneció a un grupo. Con la misma soledad con la que creció, así se formó en el mundo de las letras. Era muy joven para pertenecer a los grandes de la literatura argentina como Borges, Bioy Casares o Girondo; y fue muy viejo para pertenecer a la camada de Márquez, Fuentes o Llosa. Nuevamente la vida lo alejaba del mundo, de la gente, de los amigos y cualquier otra relación que tuviera que ver con el corazón y las letras.

“El muchacho que salió a recibirme eran un joven desmelenado, pecoso, lampiño, desgarbado, con pantalones de dril y camisa de manga corta”.

Lo hermoso o lo mágico de esta historia es que la bondad de Julio hizo su efecto. Las historias del gran Cronopio hicieron que los autores del Boom sintieran la necesidad de ir a conocer al enigmático gigante de ojos separados, cejas robustas sobre un rostro infantil y lampiño. Quien primero lo buscó fue García Márquez. De ese momento, el escritor colombiano escribió un bello texto que merece la pena respetarse porque este redactor no puede compararse mínimamente con el Gabo:

“Alguien me dijo en París que él escribía en el café Old Navy, del boulevard Saint Germain, y allí lo esperé varias semanas, hasta que lo vi entrar como una aparición. Era el hombre más alto que se podía imaginar, con una cara de niño perverso dentro de un interminable abrigo negro que más bien parecía la sotana de un viudo, y tenía los ojos muy separados, como los de un novillo, y tan oblicuos y diáfanos que habrían podido ser los del diablo si no hubieran estado sometidos al dominio del corazón.Los ídolos infunden respeto, admiración, cariño y, por supuesto, grandes envidias. Cortázar inspiraba todos esos sentimientos como muy pocos escritores, pero inspiraba además otro menos frecuente: la devoción”.

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El texto completo que escribió Gabriel García Márquez después de su muerte, lo puedes leer completo aquí.

Cuando por fin se creó una amistad irrompible entre Julio y los autores del boom, fue cuando Carlos Fuentes viajó al hogar de Cortázar para  conocer a uno de los más importantes autores de la literatura en español. Como era de esperarse, Fuentes también escribió un texto sobre su encuentro y lo mejor es leer el relato con sus propias palabras.

“Por fin, en 1960, llegué a una placita parisina sombreada, llena de artesanos y cafés, no lejos del Metro Aéreo. Verlo por primera vez era una sorpresa. En mi memoria, entonces, sólo había una foto vieja, publicada en un número de aniversario de la revista Sur. Un señor viejo, con gruesos lentes, cara delgada, el pelo sumamente aplacado por la gomina, vestido de negro y con un aspecto prohibitivo, similar al del personaje de los dibujos llamado Fúlmine.

El muchacho que salió a recibirme era seguramente el hijo de aquel sombrío colaborador de Sur: un joven desmelenado, pecoso, lampiño, desgarbado, con pantalones de dril y camisa de manga corta, abierta en el cuello; un rostro, entonces, de no más de veinte años, animado por una carcajada honda, una mirada verde, inocente, de ojos infinitamente largos, separados y dos cejas sagaces, tejidas entre sí, dispuestas a lanzarle una maldición cervantina a todo el que se atreviese a violar la pureza de su mirada.

–Pibe, quiero ver a tu papá. (Dijo Carlos Fuentes)

– Yo soy Julio Cortázar”.

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Ese fue el primer contacto entre dos mundos que corrían paralelos y que sólo un espacio geográfico separaba. El texto completo de Fuentes puedes leerlo aquí. Por fin, el enorme corazón de Julio tenía compañía, la cual abrazó con una enorme gratitud y amor, de la manera más tierna, fiel y cariñosa que un hombre con una sed de amistad puede dar.

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