El hombre ha buscado reflejarse y dejar un legado para la posteridad desde tiempos antiguos; y es en la expresión artística en la que conviven dioses y héroes. El paso del tiempo destruirá la piel, el cuerpo y la ceniza, pero los cuerpos de mármol y otros materiales se conservan desde hace siglos, perpetuando el ideal de belleza o el idealismo de la época. La escultura genera un sentimiento que antes no podía ser superado por ningún otro medio. Hoy, la tecnología ha permitido que computadoras, impresoras 3D y más ayuden a crear un nuevo tipo de escultura e incluso instalación. Durante milenios, la concepción del arte explotaba la creatividad y el sentimiento del escultor; la simple técnica ya no es suficiente, la pasión permea dentro del material hacia fuera, y el movimiento generado crea una intimidad con el eco de quien posó para inmortalizarse a través de los ojos de un artista.

La transformación del espacio y el moldeo del material generan una intimidad que resume las acciones del artista. La belleza o la expresión definen un arte que nunca ha dejado de transformarse. Pero a lo largo del tiempo existen obras que han trascendido debido al uso espectacular de los elementos antes mencionados. La naturaleza humana es excepcional en obras como estas:

Torso de Belvedere (Siglo II A.c.)

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Descubierto en el campo de las flores durante el siglo XVI, su nombre deriva del primer jardín donde fue expuesta. Con un realismo impresionante para su época, la estatua parece ser la copia de una estatua más antigua que representó a Hércules, Polifemo o Marsias.

Lacoonte y sus hijos (Siglo I A.c.)

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Creado por diversos escultores pertenecientes a la Escuela de Rodia, esta estatua fue descubierta por un equipo en el que se encontraba Miguel Ángel. Al momento de descubrir una parte de la escultura los excavadores supieron que se trataba de la estatua descrita por el historiador Pilinio el Viejo, y rápidamente se apresuraron a dibujar cuanto podían. La expresión de Lacoonte, el dolor expresado por las serpientes que arrastran a él y a sus hijos a la perdición, son prueba irrefutable del poder del arte. Aunado a eso, la musculatura del hombre muestra una técnica y finura que sería reproducida durante el Renacimiento.

David (1440) – Donatello

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La escuela del Quattrocento fue revolucionaria en todos los aspectos del arte; el dibujo y la escultura avanzaron enormemente debido al uso de perspectiva que comenzaron a usar. El David de Donatello fue una de las obras que más impactó debido al uso de un desnudo total desde no sucedía desde la antigüedad.

David (1501-1504) – Miguel Ángel

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Una de las esculturas más famosas de la historia es la de Miguel Ángel, quien con este héroe bíblico transformado en titán -de más de cinco metros de altura y un peso de cinco toneladas -pasó a la historia como uno de los creadores del ideal de belleza humano. Con más de 500 años de existencia esta obra continúa siendo una de las obras más apreciadas y visitadas en el mundo.

El éxtasis de Santa Teresa (1647-1651) – Gian Lorenzo Bernini

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Una muestra del esplendor del barroco. La estatua de Bernini sorprende por la expresión de éxtasis indescifrable que colocó en el rostro de Santa Teresa al ser visitada por un ángel; el movimiento que el artista dio al ropaje de los personajes hacen que la obra cobre vida. Las telas de mármol se derraman por la base y los pies de la santa acentúan la sensación.

Busto de Rodin (1888) – Camille Claudel

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Una de las mujeres que ha pasado a la historia del arte como un genio redimido después de que en vida fue sobrevaluada por la relación que mantuvo con su maestro y pareja Auguste Rodin. La influencia del artista es notable, pero así como ella aprendió de él, Rodin fue alguien que mejoró mucho su técnica gracias al genio de Claudel. Este busto, además de representar uno de los mejores trabajos de Camile Claudel, es también una prueba de la pasión que sentía por el artista. Las facciones determinantes de Rodin, la barba que se funde con el busto difuminando y la expresión son la prueba de que el arte se trabaja con el corazón más que con la razón.

El hombre que marcha (1907) – Auguste Rodin

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Rodin necesitó de Claudel para avanzar a pesar de su famosa técnica, en la que incluso llegaron a pensar que había fundido en bronce a un modelo debido a la naturalidad en la que se desenvolvían sus obras. Fue necesario de la ayuda de su mujer para llegar a ser el artista que es conocido hoy. Uno de los actos más revolucionarios en su obra es El hombre que marcha, en la que el hombre no sólo continúa siendo materia en movimiento, sino que es movimiento en deconstrucción. Piernas en compás con un torso, sin piernas ni cabeza. El hombre pierde cuerpo, pierde esencia, pierde alma; una escultura sin cara que transforma el concepto de estatua.

El hombre que camina I (1961) – Alberto Giacometti

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La revolución que trajo el siglo XX terminó el trabajo que desde el siglo pasado se había realizado. Las figuras perfectas ya no eran el estándar de arte. La belleza de las estatuas no radicaba en su realismo sino en el fondo, en la cualidad simbólica que representaba. Giacometti trazó la estatua en los años 60, pocos años antes, el existencialismo, con las obras de Camus y Sartre, habían generado un sentimiento de vacío y resignación. No hay salvación, no hay futuro y no importa; somos sólo nosotros y así será. La fuerza de este universo golpeando al hombre es palpable en esta estatua. La figura deja de ser realista y se convierte en algo casi bidimensional.

Mask II (2001-2002) – Ron Mueck

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Finalmente el hombre regresó al canon clásico. Un siglo de experimentación, deconstrucción y reconstrucción llevaron a artistas como Mueck a girar la mirada al pasado clásico del que tantos se alejaron durante el siglo XX. Las obras hiperrealistas de Ron Mueck son la prueba de que la técnica no lo es todo. Las estatuas suelen reflejar la realidad, pero las expresiones que el artista retiene, la realidad captada, no por la técnica sino por la situación, son lo que hacen de estas obras un nuevo exponente en la escultura posmoderna.

“La escultura no consiste en el simple labrado de la forma de una cosa, sino el labrado de su efecto”.

–John Ruskin

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