El 10 de noviembre, hace 125 años, el poeta maldito Jean Nicolas Arthur Rimbaud murió en la cama de un hospital de Marsella, con una pierna amputada. Le ponía punto final a la incomodidad de vivir en un mundo al que nunca sintió pertenecer y el que nunca lo entendió…

El autor de Una temporada en el infierno (1873) vivió una vida arrebatada, que parecía molestarlo todo el tiempo para que nunca estuviese a gusto con ella, y como es costumbre en el ámbito artístico, las catástrofes ocurrieron muy temprano. La infancia de Rimbaud estuvo marcada, primero, por el abandono de su padre, cuando apenas tenía seis años, situación que obligó a su madre a mantener pobremente su hogar con tres hijos.

Aunque eso no le impidió destacar siempre como un alumno casi genio que devoraba los exámenes en poco tiempo y sin ningún error. Cuenta una leyenda que en un examen extremadamente exigente de tres horas, el pequeño Rimbaud pasó las primeras dos observando el techo, y en los últimos sesenta minutos logró terminarlo con una velocidad supernatural, consiguiendo los máximos honores.

Aquella buena racha de estudiante crecía al mismo tiempo que el deseo de desprenderse de la asfixiante educación materna y salir de Charleville, provincia donde creció y la cual odiaba. Cuando Rimbaud tenía 17 años le escribió a su profesor Georges Izambard: “Quiero ser poeta y me estoy esforzando en hacerme Vidente… Consiste en alcanzar lo desconocido por el desarreglo de todos los sentidos… Y yo me he dado cuenta de que soy poeta. No es en modo alguno culpa mía”.

El futuro de Rimbaud parecía estar escrito en plomo, él ya tenía muy claro a lo que se iba a dedicar, pero el destino le auguraba una hecatombe que vino tras mandarle una carta al poeta, también francés,  Paul Verlaine, que le llevaba 11 años y a quien admiraba, donde le mostraba su reciente escrito “El barco ebrio”, el que le abrió las puertas no sólo a París, sino extensamente a la vida de Verlaine.

El tormentoso, lleno de excesos y casi mortal romance que ambos sostuvieron fue retomado en la pantalla grande con la película Total eclipse (1995) donde Leonardo Di Caprio fue Rimbaud por unas horas, y estuvo basada en los textos que los poetas escribieron mientras estuvieron juntos. Y es que, como Rimbaud lo escribió en aquel maldito poema: sabía de “cielos que estallan en rayos, del alba exaltada como una bandada de palomas” pero no de ser el amante de un hombre con familia que intentó matarlo de un disparo.

Todo terminó mal en aquella violenta relación. Verlaine fue encarcelado durante dos años y sometido a crueles experimentos para comprobar su homosexualidad, mientras Rimbaud, veinteañero, rompía la pluma que lo enalteció cinco años, abandonando para siempre la literatura, como escritor y lector. Lo sorprendente es, como lo analiza el novelista Edmund White, que “cubrió la historia completa de la poesía, desde versos en latín, pasando por los Románticos y el Parnasianismo y los simbolistas hasta el surrealismo, aún antes que existiera el surrealismo”.

Rimbaud recordaba su etapa de poética fatal como un tiempo vergonzoso, de borrachera, escándalo homosexual y arrogancia que no lo llevó a ningún lado, por lo que en un arranque de ira ensimismada quemó su obra que fue rescatada y retomada después por Verlaine en Los poetas malditos (1884). El único libro que Rimbaud publicó mientras vivió, fue Una temporada en el infierno.

Aquí comienza la otra vida de Rimbaud, como comerciante en un pequeño poblado de Etiopía, tratando de esconder a toda costa su pasado, y queriendo ganar una fortuna haciendo negocio con armas, especias, café y, algunos dicen, esclavos, aunque no está comprobado. Los únicos libros que el renegado poeta tocaba en ese entonces eran de ingeniería, geología y ciencias prácticas. Traídos por su madre, con la que nunca perdió contacto.

Sin embargo, el Rimbaud emprendedor tampoco vio florecer su periodo en África, pues no obtuvo las ganancias esperadas. Al contrario, sólo ganó un tumor en la rodilla que lo devolvió a Francia, y que lo hizo perder la pierna derecha. Pocos meses después, las paredes de un hospital observaron la extinción de los 37 años del hermoso hombre ojiazul, el 10 de noviembre de 1891.

Sólo de esa manera se frenó el paso de Rimbaud por los tantos lugares que sintieron sus botas, solamente así, el doctor que le advirtió que debía disminuir su ímpetu de caminante obsesivo, porque las costillas ya le habían desgastado las paredes del abdomen por andar dos veces a pie desde Bélgica hasta Italia, pudo descansar también.

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Los Poetas Malditos

Poemas de Stéphane Mallarmé

Poemas de Charles Baudelaire

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